El Astillero

"Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias."

-Mario Vargas Llosa-



Las 10 aptitudes laborales más valoradas por las empresas.


28 de mayo de 2018

¿Te consideras un profesional completo? Conoce cuáles son las aptitudes que más valoran las empresas a la hora de contratar personal.


El mercado laboral es cada vez más exigente y las empresas deben demandar a sus empleados nuevas habilidades para contribuir al crecimiento de la organización. A la hora de buscar empleo, nos preocupamos mucho por la presentación de nuestro currículum, preguntándonos si nuestras aptitudes serán las adecuadas como para despertar el interés en agendar una entrevista personal. Pero descuida, a continuación, te ofrecemos las 10 características que debe tener un empleado para triunfar en su trabajo.


1. Manejar idiomas

En un mundo globalizado y gracias a los medios de comunicación, las empresas se instalan cada vez más en diferentes países con el fin de abaratar los costos de producción. Las multinacionales han tomado un papel importante en el comercio y el flujo de importaciones y exportaciones va en un aumentado constante. Esto hace que el conocimiento de idiomas sea una cualidad de mucho peso a la hora de evaluar a los candidatos.
2. Capacidad de adaptación
La tolerancia y adaptación a los cambios es una característica muy valorada por los reclutadores. Permite una mejor integración y un mejor relacionamiento en los equipos de trabajo, clientes y proveedores. Esto hace que el ambiente laboral contribuya al correcto desempeño de los trabajadores y se refleje en la productividad de la empresa.
3. Lealtad
La conducta de los empleados en una empresa es fundamental para lograr códigos de buena conducta dentro de una organización.
4. Ser polivalente
Tener un buen desempeño en diferentes áreas es un complemento ideal para un empleado. Contar con habilidades en diferentes campos hará que abarques más fases dentro del proceso de producción.
5. Poseer habilidades financieras y en el ámbito contable
El manejo de habilidades financieras como administración y contabilidad es una cualidad cada vez más buscada en el mercado. Actualmente, existe mayor demanda que oferta en este sector.
6. Proactividad
La iniciativa de desarrollar proyectos creativos, siempre rodeándose de un halo de positividad y optimismo es una cualidad que cada vez se encuentra menos en el mercado. Los empleados generalmente buscan completar su jornada laboral diaria sin considerar su crecimiento personal. Las organizaciones consideran la proactividad como muy positiva, ya que deja ver el espíritu emprendedor de las personas.
7. Capacidad de trabajo
Un empleado que concentre sus energías en sus tareas y que las lleve a cabo de la forma correcta es cada vez más difícil de conseguir. La buena disposición y una personalidad dócil es una cualidad que te hará crecer tanto en el ámbito profesional como en el personal.
8. Capacidad de negociación
La capacidad para alcanzar negociaciones y mejorar las condiciones de costo y beneficio tienen que ver principalmente con la personalidad del trabajador y no tanto con su formación académica. El reclutador analizará estas características que son casi tan importantes como los estudios que haya realizado.
9. Capacidad de innovación
Los perfiles orientados a la investigación y el desarrollo están muy demandados en el sector industrial y farmacéutico en donde la innovación es determinante para el crecimiento. Además, requieren un trabajo minucioso.
10. Buen relacionamiento
El buen relacionamiento entre empleados es una característica de gran importancia. Los trabajos en equipo son importantes dentro de una empresa considerando que contribuye a una comunicación fluida y un alto nivel de trabajo en equipo. Las relaciones con clientes y proveedores también se ven beneficiadas con un trabajador con buenas aptitudes para las relaciones sociales.

Fuente: Shutterstock

El miliciano.

BYRON ROSTRAN ARGEÑAL
Ene, 18, 2018.


Un inválido daba pasos milimetrados extendiendo su mano y pidiendo una ayuda económica para poder comer, eso decía. No lo reconocí a primera vista. Lo vi en los alrededores del Centro Comercial en Managua mientras me encontraba sentado en una banca no sé por qué. Los huesos de su cara sobresalían como una prótesis, estaba envejecido, era un cadáver sin una pierna. Me quedó viendo fijamente a los ojos o por lo menos eso creí, fue como si él pudiera ver a todos o a todo, pero sin ver nada específico. Igual que esas personas que por diversos problemas o situaciones en sus vidas, su mirada los delata. No descifran más que manchas humanas sin forma, colores invertidos en efecto porsterize.

Su aspecto era de un total mendigo que pedía un “peso” —una moneda—, la señal era con su dedo índice. Le hacían falta los dientes delanteros y los pocos apreciables —los laterales—, eran de un tono sepia. Busqué su nombre cerrando mis ojos fuertemente, obligué a mi mente a verlo casi treinta años atrás mientras pasaba frente a mi casa, la casa de mi niñez, vestido de piricuaco (el famoso uniforme verdeolivo de los soldados), empuñando un rifle con la bandera rojinegra amarrada en la punta. Sí, era él. ¿Qué hacía aquí?, o más bien ¿todavía estaba vivo? ¿Se acordaría de mí?, seguro que no. Tuve intenciones de hablarle, decirle que lo conocía o que creía conocerlo. Que quizás recordaba pasar por una calle a cientos de kilómetros de aquí. Pensé en invitarlo a comer o escuchar todo lo que había pasado, que yo era muy chico, pero me acordaba de muchas cosas que otros no. No lo hice.

Foto de: Marcelo Montecino "Sandinista after taking the Airport, Managua, 1979

Rolando Matamoros, recordé su nombre o eso creo. O a lo mejor nunca supe su nombre y fue el que le puse. Ese era el pordiosero que se acerca, era el mismo joven militar que pasaba de vez en cuando frente a ese porche de la casa. O tal vez pasó únicamente dos veces para visitar a su madre quien vivía en la misma cuadra. Quizás fueron varias las ocasiones y no recuerdo muchas. Qué rara es la memoria: nos permite recordar lo que no hemos vivido.

Era alto y fuerte. Con un fusil café o negro, muy pesado y colgando de su hombro derecho. Tan pesado que únicamente él podía cargarlo.

Cuando tomé un fusil por primera vez fue en una exhibición masiva que hacía el Ejército Nacional al conmemorarse otro aniversario de su fundación. Fue en la Plaza de la Revolución en Managua. Era todo un espectáculo ver regado por el lugar: tanquetas, jeeps wuas, camiones de color verde oscuro, campamentos improvisados, que dentro tenían todo tipo de armamento.

En uno de esos toldos estaba un rifle parecido al que portaba Rolando, lo tomé y creí cargarlo con mucha destreza mientras varias personas pasaban o estaban de pie observándome. Otros se tomaban fotos creyendo ser verdaderos militares de esa guerra entre nicaragüenses. El rifle que me pareció coincidir era un arma soviética a la que le llamaban Fusil de asalto AK-47.  Rolando tuvo que haber tenido mucha fuerza y resistencia para cargar con ese animal metálico en combate todos los días y a toda hora, hacerlo ya parte de su cuerpo, como un brazo o una pierna.

Ese día o esa tarde de la exhibición cargué muchas armas cayendo en el mismo juego de todos, creyéndome por un instante un verdadero combatiente de la Revolución Popular Sandinista: ¡Patria libre o morir! Hasta recuerdo haber entrado en una tanqueta algo oxidada y oscura. Cuando estuve dentro no concebía la idea de cómo pudieron alcanzar con facilidad dos o tres personas en ese espacio delimitado, era tremendamente incómodo. Tuvo que haberles causado claustrofobia a más de alguno. Pensé en lo realmente difícil que fue la guerra para los miles de jóvenes —jovencitos— que tuvieron involucrados. Pero ¡qué guerra es fácil!


Mientras crecí o, mientras crecía, tuve la absurda idea que los militares eran gente de hierro o de acero, que nada les podía pasar, nada les afectaba. Eran super hombres, super máquinas de peleas. No pasaban hambre ni enfermedades, no sufrían ni lloraban. No tenían sentimientos más que el valor del patriotismo o el heroísmo que los envolvía. ¡El espíritu de la Revolución! No sé cómo vino a parar esa percepción a mi mente, creo pensar por la idea que vendió Hollywood por tantos años en la época de la Guerra Fría y la que consumíamos sobre el verdadero héroe de batalla. El tipo fuerte y rudo como Lone Wolf  (Rambo). 

En el mismo lugar.

BYRON ROSTRAN ARGEÑAL
Diciembre, 14, 2017


Habíamos discutido por alguna razón, ella se marchó y me sentí un poco incómodo para seguirla. Quizás no quería dar mi brazo a torcer y terminar haciendo un espectáculo callejero con ciertos espectadores extraños. La vi alejarse a lo largo de Via della Conciliazione hacia el Castillo de Sant Ángelo, estábamos en la ciudad del Vaticano en Roma, Italia.

Me senté en una banca de concreto y cuando me percaté Lucy había desaparecido entre la distancia y la multitud. Por un momento intenté correr y alcanzarla, pensé que podía perderse, pero luego recorté que ella tiene un muy buen sentido de ubicación en los viajes, en las grandes ciudades. Se dirigiría al hotel y ahí seguramente me iba a esperar. Sopesé la posibilidad que yo fuera el que me perdiera y no ella, realmente estaba confuso por el malentendido. Más aún cuando toqué la bolsa de mí pantalón y sentí las llaves de nuestra habitación.

Nuestra morada en esos días de otoño era un precioso hotel donde a cada inquilino le daban un par de llaves de la puerta principal del edificio, sin ellas no podías acceder ni ir a tu cuarto. Recuerdo que el primer día cuando llegamos desde Stazione Termini, nos esperaba una persona en recepción que la amabilidad era realmente su fuerte. Lo curioso fue, que por los próximos días nunca más la vimos, es más, no vimos a ninguna otra persona en las instalaciones.
Vista del Vaticano desde la Via della Conciliazione.
Llevaba media hora sentado y Lucy no regresaba. Me rodeada una ciudad con una historia increíble la cual siempre soñé conocer y ahí estaba, sentado con una zozobra innecesaria.

Muchos años atrás mi padre me había enseñado o me había dado una recomendación que citaba más o menos así: Cuando andemos en algún lado donde haya una gran multitud, siempre, y recalcaba el “siempre”, deben (para mi hermano y yo) tomarse de mi carga fajas. Es decir, debíamos introducir uno de nuestros dedos en las cintas que asegura la faja o el cinturón de su pantalón. Así que, donde yo me mueva, decía él, ustedes irán conmigo. Todo dependía de no soltarnos. Y si por alguna razón pasaba, debíamos quedarnos en el mismo lugar que nos quedamos. Aunque el bullicio de la gente nos asustara, no debíamos movernos.

Tendría unos 7 u 8 años cuando acompañé a mi papá a la famosa Choluteca en la ciudad de Chinandega en el occidente del país. Era una especie de un mercado callejero a lo largo de varias calles en alguna avenida. Muchos puestos de venta de comida y ropa por doquier. Mi percepción fue de un lugar inmenso, algo nuevo para mí. Como de costumbre sin que mi papá me dijera, lo tomé de su carga fajas y me sentí tan orgulloso cuando de repente me sorprendía con alguna mirada de aprobación.

Por algo de su trabajo andábamos en esa ciudad y por algo que debía llevar a la casa pasamos por esa calle. Creo haber sentido mucho calor y desconcierto en el trayecto; cansancio y hastío por la gente, pero trataba de soportar haciéndome el valiente. Me solté. Algo en un puesto me distrajo o nos detuvimos a comprar un refresco para amortiguar la cara de desesperación que vio mi papá en mi por el calor. A los minutos al emprender de nuevo la marcha, de reojo miré como mi padre se alejaba ¿No se percataba que me estaba dejando? No se marcharía no me dejaría. Seguramente pensó que yo seguía sujeto a su cintura, que estaba soldado a él. Pero se fue.

Me dio pánico, sentí miedo de perderme y quedar en el anonimato. Me quedaría solo, todos se marcharían a sus casas y las calles estarían solitarias al anochecer. Dormiría en las esquinas con los perros y tendría que verme obligado a comer de la basura. Mis padres pondrían anuncios en los periódicos y en las papeletas pegadas en todos los postes mi rostro infantil iría perdiendo color. Mi vida estaba destinada a sufrir. Una angustia sin fin. Estaba desesperado o estaba empezando a desesperarme.

No debía moverme, tenía que quedarme en el mismo lugar que me solté o en el que nunca me agarré, por ninguna razón debía buscarlo, porque eso sólo empeoraría la situación.

Parecieron pasar años, aunque a esa edad no tenía bien definida la noción del tiempo. Miré a todos lados y como rompiendo entre la multitud, mi papá apareció con presteza. Me sonrió y cuando se hubo acercado le dije ansiosamente que había seguido su orden de no moverme del lugar donde me había quedado. ¡Me quedé aquí papá, no me moví! No recuerdo más nada, quizás sólo la sensación de haber obedecido y que ese ejercicio ya en la práctica había funcionado.

Lucy volvió también.

Después de casi 45 minutos de haberse ido o después de no haberla seguido, la vi de pie al girarme después que me había quedado absorto viendo las grandes columnas a todo lo largo de la calle hacia la Piazza San Pietro y la hermosa cúpula de la basílica. Su cara denotaba restos de molestia y toques de tristeza. Creo se sentó a mi lado y dijo: ¡Lo siento! O creo que yo me puse de pie y me acerqué a ella y le dije: ¡Lo siento! O quizás, me dijo que no la seguí, y yo le alegué que ella me había dejado.

—No ando las llaves—, me pareció escucharle.

—No me gustó estar lejos de vos—, me pareció decirle.

Nos tomamos de la mano y nos dirigimos hacia el hotel en la Via Catone.

Operación reptil

BYRON ROSTRAN ARGEÑAL
Abril, 06, 2017

Mi sueño:

El presidente Anastasio Somoza Debayle “Tachito” no terminó redactando ninguna carta en 1979 obligado por los EEUU en la que expresa su renuncia voluntaria. Decidió quedarse en el país, con la excusa de entregarse o entregar el poder de la nación (al pueblo) en pleno acto público. A los sandinistas les pareció la idea, más bien, les fascinó. Y a como estaban los ánimos de odio hacia él, eso era sin duda un suicidio.

No sé lo que yo tenía que ver en ese asunto, pero ahí estaba, cerca de las decisiones que se tomarían, como un gregario un espíritu que presenciaba todo sin ser visto, sin que nadie lo escuchara. Somoza sin duda se notaba muy nervioso y su semblante había desfallecido, estaba temiendo por su vida; pero insistió tanto en dirigirse por última vez a la nación. “Si ellos quieren que entregue el poder, lo entregaré”, estaba decidido.



Todos sus asesores le dijeron que esa decisión era un disparate, que mejor saliera lo más pronto posible del país (a como realmente hizo, cuando lo recogió el helicóptero Sikorski, el que despegó de las instalaciones de la EEBI y aterrizó en la Loma de Tiscapa para recogerlo). Los sandinistas dieron el anuncio y eso se corrió en segundos por las calles, en radios y la televisión.

¡Somoza entregará el poder frente a todos los nicaragüenses!

Rodeado no únicamente de sus escoltas, sino de todos los guerrilleros y chavalos armados, subió a la tarima. Como suele pasar en los sueños, el tiempo es absurdo y veloz. La Plaza de la Revolución estaba a reventar de gente vestida de verdeolivo, barbuda y con un rifle en su mano, se escuchan disparos por todos lados. Sin duda tenía mucho miedo, de hecho estaba temblando, pero quería estar ahí cuando eso sucediera.

Me acerqué lo más que pude y divisé al comandante Ortega con su antigua apariencia, se encontraba al lado de Tomás Borge —ahora enterrado al lado de la tumba de Carlos Fonseca—, entre otros de los que conocí después estudiando la historia. Cientos de personas armadas dispuestas o sin escrúpulos a disparar y matar a quema ropa a quiénes quisieran. En ese momento, creo que todos querían pegarle un tiro a Somoza, desde el más pequeño que pudiera estar equipado, hasta el más anciano. Yo había escuchado un rumor que llegó a mí:

 “Cuando recibamos la orden, todos le disparamos al hijueputa”.

Por supuesto que él no saldría con vida después de dar sus palabras.
La idea: asesinarlo delante de todos, frente a las cámaras, a pleno medio día, con una nube de testigos. Acribillarlo a tiros, dejarlo un completo pazcón. Orinarlo. Escupirlo y si era necesario descuartizarlo. ¿Era el sentir de la nación o sólo de algunos cuantos armados? No lo sé, al parecer sí, pero ese era el ambiente estando ahí en medio de tanta algarabía. Un rencor profundo, un odio unánime.  Todos estaban aleados, incluso cientos de señoras que unos años después las llamarían “madres de mártires”.

Cuando se escuchó los disparos de miles de rifles sobre la humanidad de Somoza mucha gente salió corriendo, entre ellos yo. Corrí sin parar viendo como el viento ondulaba las enormes banderas rojo y negro en los postes de luz. Me detuve tratando de analizar qué era realmente lo que estaba sucediendo. Era un caos total. Había humo por todos lados, como si un vendedor aéreo pasaba en su trasporte en un globo volando por toda esa plaza, soltando gases con olor a pólvora. Esa imagen de quedarme paralizado viendo todo a mí alrededor, por muchos años fue un sueño recurrente, donde incluía entre otros matices, desfile de tanquetas y un ejército marchando por una calle principal.

Al dictador lo habían asesinado a sangre fría. Seguro todos los cachorros se acercaron para rodearlo y tomarse fotos al lado del cuerpo destruido, como cuando se tomaron su Búnker. Ahora sería una celebración total por todos lados. El animal, el perro, estaba muerto y bien muerto para siempre. Ahora sería una Nicaragua libre, un país de ensueño lejos de cualquier dictadura Somocista.



Somoza a la verdad murió acribillado a tiros por Enrique Gorriarán Merlo, un guerrillero argentino, que era algo así como el líder e integrante de la operación que acabo con el Dictador, el cual y de remate, también carbonizado cuando su Mercedez color blanco estalló. Allí quedaron los restos de uno de los hombres más poderosos de Latinoamérica. Con él moría también la dinastía Somoza.

***
La realidad fue que ya en Paraguay, el ex Presidente de Nicaragua, marchaba por la avenida Francisco Franco, su amigo Alfredo Stroessner, le había dado refugio. En el Mercedes Benz en el que viajaba iba a su lado su asesor financiero Joseph Bainitin, conducía César Gallardo. El comando integrado por Enrique Gorriarán Merlo, Hugo Irurzún y Roberto Sánchez lo esperaron con una emboscada planeada por meses —Operación reptil—. Somoza no tenía una rutina fija y se hizo necesario esperarlo cerca de su residencia, que había sido alguna vez la embajada de Sudáfrica. Todas las embajadas en Asunción se encontraban por la zona, también el Ministerio de Defensa, un cuartel del ejército y la Nunciatura, un nido de víboras. Las armas utilizadas fueron: FAL, RPG2, M16.

El primer disparo debía ser con el RPG2 pero se atascó el proyectil. Gorriarán Merlo entonces, ya cruzada la camioneta Cherokee sobre la avenida, descargó los 30 tiros del cargador el M16 al Mercedes, que para su sorpresa no era blindado. La munición del M16 es de 5,56 contra los 7,62 de un FAL, pero alcanza una velocidad tal que produce daños adicionales por presión hidráulica al perforar los tejidos.

La custodia paraguaya abrió fuego desde el Falcón Rojo siendo repelida por los tiros de FAL de Roberto Sánchez, que hacían volar los ladrillos donde impactaban. Irurzún, desde la puerta de la casa que habían alquilado, esperó que Enrique se corriera de la proximidad del vehículo y le disparó con el lanzagranadas antitanque RPG2 (bazuca). La explosión fue tremenda y voló el techo del auto. Casi todo quedó destruido, el motor del auto siguió en marcha —hasta donde tengo entendido, cosa de los Mercedes—. Los cuerpos quedaron carbonizados de tal forma que los forenses reconocieron a Somoza a partir de los pies.


¡En Paraguay recibió un bazucazo al que daba muchos latigazos! 
(José Peña Pérez)



Eso fue el 17 de septiembre de 1980, yo tenía 82 días de nacido.

¿Una bala?

BYRON ROSTRAN ARGEÑAL
Mar/24/2017
Cuando fui niño o cuando empecé a tener cierta conciencia de las cosas, antes del final de la guerra, digamos 1988 o 1987 o 1986, en esa década, nació en mí un miedo que vivió en medio de mis alegrías infantiles. Era un pavor a la muerte, aunque realmente no tuviera la certeza de lo que significaba esa palabra o ese hecho. Más que miedo a la muerte —una probabilidad irreal pero muy real para mí—, el de poder ser asesinado por alguna bala perdida o por una ráfaga proveniente de armas de fuego. Que los militares pasaran por la calle encima de sus camiones y de repente me dispararan sin compasión. De hecho siempre tenía o quizás tengo una idea recurrente, una idea que no me dejó tranquilo por mucho tiempo. Es algo que no se apartaba, que no se alejaba.
(Victorious Sandinistas, entering Managua, Nicaragua 79).
La idea:
Siempre estoy en peligro y recibo el impacto de una bala. Es caliente y duele, pero no muero, nunca muero, siempre agonizo por el dolor. Pronto moriré, pienso, pero no lo acepto. Camino de arrastras, me persiguen y no sé por qué me persiguen ni quiénes lo hacen. Huyo, corro muy rápido, lo intento o únicamente lo pienso. Me aferro a que no puedo estar herido y avanzar. Pronto caeré y veré los últimos segundos de mi vida pasar, desvanecerse, muriendo sin saber la verdadera razón del por qué hicieron eso. Siento morir, pero nunca muero. Siento dolor, mucho dolor y no me puedo moverme. Ahora que el dolor está latiendo allí, ya no cesará. Empezar es para el dolor su único fin, solo tendrá ese.

 Es así como puedo describirlo, es la imagen que tengo. Sensaciones y olores. Sensación: miedo. Olor: pólvora. Pavor: balas. Es extraño como un olor puede hacerte recordar un momento o a una persona, como incluso los colores y, en cualquier instante donde puedas volver a sentirlo o verlo te traslada a esa escena. Verde, es verdeolivo, el de los piricuacos.

Detenido por una bala


BYRON ROSTRAN ARGEÑAL
Feb/02/2017

(PUBLICADO ORIGINALMENTE EL NOTICULTURA, ABRIL, 09,2015) 

Habíamos pasado unos días algo apresurados en Londres, Inglaterra conociendo los lugares indispensables, realmente bellos. Desde siempre o desde que tuvimos intención de visitar esta ciudad, supe que me gustaría mucho. Digo “días apresurados” no porque no los haya disfrutado, sino porque debíamos cumplir con el itinerario programado. Llegábamos de Francia y habían sido días intensos.

Cuando bajamos en la terminal 5 del Heathrow, en un vuelo bastante rápido por British Airways, lo primero sin duda, ubicarnos para saber exactamente dónde debíamos dirigirnos. El destino por los próximos días sería  la reconfortante y tranquila zona de Clapham Common South. Compramos los tickets del Underground  y cambiamos dinero: de euros a libras. Viva La Reina! Abordamos la línea morada “Piccadilly” con destino a King´s Cross St. Pancras Station y, de ahí tomamos la línea negra “Northern” al sur de la ciudad. Un metro lento (París es una locura y la red de transporte casi una telaraña); esto me dio la oportunidad de tranquilizarme y de apreciar el recorrido.

Veinte libras esterlinas (£20)
Gente bastante elegante y relajada. Sus rostros denotaban facciones finas, apariencia de ir con presteza a un lugar importante, pero con relativa pasividad. Aparentan ver a todos, pero realmente no ven a nadie. Manteniendo, por supuesto, su resaltado acento inglés, en lo que podía percibir del susurro de sus conversaciones. Pero sobretodo y lo que llamó poderosamente mi atención fue que,  los londinenses, siempre parecen portar algo que leer: un libro o  un pequeño diario local. Gente que lee y que lee mucho. Esto me gustó.
En otra ocasión tomaré tiempo para contarles uno que otro detalle de la bella ciudad real, con sus puentes, cabinas telefónicas, su río Sena, el Golden Eye, su Big Ben, museos, sus routemasters, jardines y arquitectura clásica.
Lo sorprendente de estas ciudades europeas es que han mantenido sus edificios y diseños a través de los largos años de la historia, expandidas con lógica. No como  Managua, reconstruida al garete, donde mejor le parezca al ojo humano. Aunque tal vez sea más correcto decir que la capital está siendo re-imaginada, como una versión de sí misma en la que toda esa desagradable historia reciente jamás hubiera ocurrido.
Al terminar nuestro tiempo en Londres, nos dirigimos al aeropuerto para salir a Roma, habíamos llegado con las completas, el metro no fue el correcto y con escasos 40 o 30 minutos para llegar nos tuvimos que bajar porque se dirigía otro sitio. Buscamos un taxi desesperadamente temiendo que el vuelo nos dejara. Las £22 que costó valieron mucho la pena ya que llegamos cuando cerraban el gate; de hecho, ya lo habían cerrado después que hicimos el “check in” casi apurando al recepcionista. No nos querían dejar entrar. Algo nos había atrasado! alegamos. Llamaron por radio verificando nuestros tickets. Discutieron entre ellos y como no habían abordado, nos dejaron entrar. Abran la puerta!  Entramos con ansiedad y sonriendo. Ya dentro, en la bandas de rayos X mi mochila activó la alarma, el detector empezó a gritar estrepitosamente. Fue un caos total. Todos miraban, me miraban, yo pensaba en el vuelo que nos dejaría o la distancia a recorrer desde esa revisión hasta la puerta de abordaje. (Las distancias en esos aeropuertos son enormes). Me preocupaba perder el viaje, pero también pensaba en lo que pudiera haber en mi mochila, eso que estuviera causando tanto escándalo. Hice un recuento mental, pero no encontré nada. De pronto me preocupaba lo que pudieran pensar de mí, aunque no conociera a nadie en ese inmenso hangár.
Llegaron los refuerzos, otros oficiales. Se juntaron como tres o cinco personas en un segundo y sus rostros serios demostraban autoridad para  revisar cada cosa de mi maleta. De pronto sentí que habían descubierto no sé qué. Imaginé siendo un terrorista cargado de explosivos dispuesto a morir junto con los miles que se encontraban a esa hora. Fue sumamente incómodo. Una oficial con guantes de latex en sus manos inició el saqueo, yo miraba sus manos  un tanto incrédulo, porque el movimiento de sus brazos parecían haber tenido un ensayo previo, pero con extremada calma. Mi esposa me decía con su mirada que ya estábamos perdidos y sin vuelo. Nos preguntaron de dónde veníamos, a dónde nos dirigíamos y sobretodo, qué podía ser lo que activaba el sensor. La mochila la llevaba al tope de cosas: audífonos, tablet, ropa, recuerdos, laptop, zapatos; así que lo que me costó acomodar sin duda me costaría volver a guardar.
Sacaron casi todo lo que contenía y al pasarla de nuevo, el sensor volvió a sonar con más fuerza, o eso me pareció. Por radio llamaron para confirmarnos que nuestro vuelo estaba o seguía retrasado y que al parecer había tiempo de llegar, esa noticia hizo intento de tranquilizarme. El oficial sentado junto a la pantalla de escáner decía o susurraba que lo que parecía contener mi equipaje era una bala. ¿Un bala?, dijo mi esposa; no había lógica alguna. Una bala era el tema, una bala era el problema, una bala era la causa. Sus miradas me acusaban y yo me desconcertaba más.
Las risas se soltaron cuando uno de ellos al revisar en uno de los compartimientos detectó que la “bala” era un pito o un silbato, algo que las mochilas Totto siempre traen y que yo al parecer nunca quité ni me percaté. Nos pidieron disculpas e imitaron ayudarme a volver todas las cosas a su lugar, en esta ocasión, todo pareció quedar desahogado.

Nos fuimos de esa zona cansados y fastidiados. No perdimos el vuelo por un inesperado retraso, un nuevo destino faltaba, Roma nos esperaba.

Vista de la ciudad de Londres,

Abordamos sin mucho ánimo y sin decirnos una sola palabra. Esa odisea fue una eternidad de unos veinte minutos, que en ese momento parecieron más. Me senté junto a la ventana tratando de reflexionar qué o el porqué de todo eso. Imaginé con una pequeña dosis de morbo lo que hubiera pasado si realmente esa bala estuviese viajando en mi mochila. Nos elevábamos mientras el Tower Bridge se hacía cada vez más pequeño.

En busca de la tumba de Julio Cortázar

Dic/01/2016
(Publicado originalmente en NOTICULTURA el 19 de noviembre de 2014)

A la altura del cementerio de Montparnasse, después de hacer una bolita, Oliveira calculó atentamente y mandó a las adivinas a juntarse con Baudelaire del otro lado de la tapia, con Devéria, con Aloysius Bertrand, con gentes dignas…
Me encontraba en París, Francia a finales del mes de octubre, pasaba unos días con mi esposa por el aniversario de nuestra boda. De hecho un primer destino muy oportuno por varias razones. Esta ciudad puede ser vista de diferentes formas: para la mayoría romántica, para otros impresionante e histórica. París no te deja sin sabor alguno. Poder recorrer todas esas calles cargadas y grabadas de sucesos, era para mí como estar leyendo una enciclopedia, como caminar en mi imaginación o en la información materializada; pero a la vez y a manera de sentimiento encontrado, era como algo tan normal, relativamente alcanzable.
París y sus lugares de orgullo nacional se mantienen aun con vida y rebosan de mucha salud, eso llama la atención. Aunque sabía algo de su historia, no sé por qué pensé encontrar calles o monumentos con dolencias de la II Guerra Mundial, es decir, escombros o edificios destruidos. No fue así. París es tan moderno y tan antiguo a la vez, conservando su pasado y adoptando el futuro. Con una diversidad cultural en crecimiento es una ciudad nocturna y extremadamente acelerada.
En algunos de los días que caminaba en la aceras debajo de esos edificios altos y antiguos, pensaba en lo mucho que valió la pena que Dietrich von Choltitz, el gobernador militar alemán, desobedeciera la orden de Hitler de reducir París a escombros durante la etapa final de la guerra, en los últimos días del dominio nazi. Valió la pena tratar de conservarla.

En la lista de lugares a conocer que llevaba en mi bolsillo, escritos  en un papel arrugado, siempre estuvo conocer el famoso cementerio de Montparnasse. No sabía cómo ni cuándo de mi estadía lo visitaría, pero sí que tenía que dar con él. Después de una semana de adaptarme al nuevo país y su horario, llegué a las puertas del cementerio. Eran casi las 6:30 pm de esa tarde y un viento bastante helado rebotada en el ambiente.

Al llegar al famoso barrio de Montparnasse, a escasos minutos de habernos bajado del metro en la estación Raspail y después de subir al nivel de la calle, caminamos unos pasos y de pronto nos topamos con los muros del cementerio. Estando de pie —en la esquina—, miraba a todo mí alrededor, fue como si el tiempo empezara a correr en cámara lenta. Ese lugar —o esa escena— lo percibí como un sitio desolado y triste, con innumerables autos parqueados a lo largo del Boulevard Edgar Quinet con tope o vista a la torreUna imagen dramática como sacada de un libro de fotografías de color sepiaA lo mejor se debía a la tarde, al otoño, a la falta de gente a esa hora. Empecé a sentir una leve melancolía pero no sabía por qué.
En  todo el recorrido le comentaba a mi esposa, quizás un tanto emocionado, todo o lo poco que sabía sobre la vida, obra y tumba del escritor argentino Julio Cortázar. Ella con una atención tan amorosa que me brindó desde el inicio de nuestra aventura, sonreía con cada detalle que salía de mi boca. A lo mejor y lo mas probable, es que ella no compartiera la misma sensación de buscar una tumba cualquiera, en un cementerio cualquiera, en un barrio cualquiera, de una persona cualquiera, en un país cualquiera, pero ahí estaba conmigo. El amor se puede expresar de mil y de otras miles de maneras; esa tarde que encontramos el cementerio cerrado (y yo un tanto decepcionado porque levemente llegamos tarde), me dijo: ¡Volvamos mañana, tenemos que encontrar a Julio! Fue toda una expresión de amor.
Al día siguiente y después de haber almorzado a la orilla del río Sena y frente a la torre Eiffel (un momento ilusorio), tomamos el metro con destino a la parada Gaité—al otro costado del cementerio—, ahora más temprano y seguros que estaría abierto (yo ya había confirmado los horarios). Esta vez caminé con una tranquilidad ansiosa.


El cementerio estaba abierto y con cientos de personas recorriéndolo. Había un poco de sol y no calor, nada de viento y si un poco de frío. El portero que hablaba en francés, entendía un poco ingles y sonreía al español (aunque dijo que sabía un poquito), muy amable por cierto, preocupado con que diéramos con el lugar. Nos dio el —o un— mapa del lugar y la numeración de todas las tumbas famosas. Desde la entrada principal había que caminar doscientos metros y doblar a la derecha sobre la calle Allée Lenoir, tomar una pequeña diagonal y encontrar la tumba de mármol donde debía sobresalir un nombre, alguien sepultado junto a su última esposa, llamada Carol Dunlop.
De una carta a Saúl Yurkievich, 10 de mayo de 1983, Julio dijo:
“La muerte [de Carol Dunlop] me ha golpeado en lo que más amaba, y no he sido capaz de levantarme y devolverle el golpe con el mero acto de volver a vivir. Hay momentos en que lo único que tiene realidad para mí es la tumba de Carol, donde voy a ver pasar las nubes y el tiempo sin ánimos para nada más”.
         Ya me encontraba en el lugar, tenía ubicada la calle y el número de la tumba,  así que sólo era cuestión de llegar. En alguna foto había visto que la tumba de Julio Cortázar era de color claro y, que a demás no era fácil encontrarla. Pensé el porqué sería complicado encontrarla entre tantas tumbas. No tenía sentido.
Antes de dirigirme a mi destino, pude recorrer el cementerio apreciando e imaginándome las vidas de los nombres que leía en cada lápida. Siempre me ha llamado poderosamente la atención como una vida de tantos años se puede resumir en tan poco, en simplemente dos cifras, en dos partes: (1909-1985), por ejemplo.

Génie du sommeil éternel, escultura de Horace Daillion
Un ángel llamado Génie du sommeil éternel, escultura de Horace Daillion, rodeado de flores y en medio de una rotonda, es el encargado de partir en dos el Cimetière du Montparnasse, un cementerio que su fama se debe a que en él descansan los restos de muchos grandes intelectuales y artistas, franceses y extranjeros, entre ellos Julio Ruelas, artista y grabador simbolista; Tristan Tzara, poeta y padre del dadaísmo; Samuel Beckett, escritor irlandés ganador del Premio Nobel de Literatura; Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, filósofos franceses; César Vallejo, importante poeta peruano; Carlos Fuentes, célebre escritor mexicano; Porfirio Diaz, el presidente de Mexico; Susan Sontag, entre otros. Sin duda una caminata que disfruté mucho y al máximo. Las fotos siempre me harán activar los recuerdos que estuve ahí; pero qué es el recuerdo, sino el idioma de los sentimientos.
No encontraba la tumba de Julio, estaba donde debía estar, pero no la miraba por ningún lado. Di vueltas, volví, regresé dudando, volví a la calle principal, regresé y nada. No daba. Ya casi me molestaba o casi me rendía. Muy cerca aprecié a una señora que estaba acompañada de un joven, supuse su hijo o su nieto, estos no se movían de esa tumba que no era de mármol claro. Era oscura y con miles de flores viejas encima, un tanto lóbrega que hasta incluso pasaba desapercibida por mí. Dudé si podía ser esa. Sinceramente no pensaba encontrar a una persona de avanzada edad junto a la tumba del escritor de Rayuela. La tumba de Julio me la  imaginé varias veces como llena de jóvenes medio bohemios, con pocas flores y muy a la vista de todos los que pasaran.
Daba vueltas en círculo en el entorno donde se suponía que debería estar, ya se había hecho media hora. Vi de pronto que se acercaba a la tumba donde estaba la señora y el joven, una familia: papá, mamá, dos hijos, quizás más y a lo mejor no eran en realidad familia. Seguí dando vueltas. Me sentí tonto y frustrado. Ni modo! me dije o pensé. Ayer cerrado y hoy no encuentro la tumba que se supone que debería encontrar.
Ya me daba por vencido aunque me mantenía en los alrededores.
De pronto una mujer con una cámara profesional o semi profesional, no sé la diferencia, lentamente se puso frente a la tumba donde ya se marchaban sus extraños visitantes. Comenzó a fotografiarla de todos los ángulos y altura posible. Se acercaba y se alejaba. El click de la cámara sonaba con mucha precisión en cada disparo. Yo la observaba con curiosidad absoluta, tenía sin duda toda mi atención. Pensé en acercarme o lo comencé a hacer, quizás para adivinar un poco el resultado de su trabajo.
Comprendí que esa tumba por el lapso de la media hora que llevaba dando vueltas, había sido la única tumba visitada. ¿Por qué no me había acercado? ¿Acaso pensé que no podía ser la tumba de Cortázar? ¿Porque vi a una anciana? ¿Esperaba que fuera de color blanco a como la había visto en algunas fotografías? Aunque me parecía más blanca a medida que me acercaba. ¡Un momento!, Rayuela fue publicada 1963, la gente que la leyó rondada quizás los 30, los 40 o los 20. Así que cincuenta años después tenía lógica que una persona o personas mayores se acercaran y contemplaran la morada de su escritor favorito. Eran los jóvenes de esos años. 
Ya estando cerca la emoción me inundó, en la lápida de mármol se deletreaba el nombre del argentino muerto hace treinta años. Fue toda una odisea encontrar esa morada, acaso no pudo ser mejor. Tratar de armar o descifrar su dirección, como si todo hubiese sido realmente a propósito, un juego, un pequeño truco, como ir saltando, como ir buscando un tesoro en un mapa perdido. Todo había sido un poco como en las pinturas de Leonora Carrington, la noche con Talita y la rayuela, unentrecruzamiento de líneas ignorándose.


Tomé todas las fotos posibles y me disculpé con el fotógrafo por interrumpir la escena de su trabajo. ¡Pas de problème!, me respondió. No podía dejar pasar la oportunidad de hablarle de mi amigo, de leer todas las notas en español —delirante leer español en un sitio francés—, y en otros idiomas que le dejaban; ver las piedras, fotos, flores secas y marchitas junto a un arreglo de margaritas en su memoria. Era el momento.
Me despedí mientras el cielo hacía un intento por oscurecer y algunos silbatos se escuchan a lo lejos indicando que pronto cerrarían. Lo último que leí en un borde de la lápida y debajo de una rayuela incompleta, fueron las palabras de un ecuatoriano: Cortázar, descansa en paz.
JULIO CORTAZAR (1914 – 1984)
Después de estar un tiempo me puse de pie,  mi esposa me sonrió y me dibujó una sonrisa perfecta. La tomé de la mano y le dije que era hora de irnos, había sido un día cansado pero bien aprovechado. Ahora me podía marchar en paz.




Visitas dede Octubre/19/2009

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